domingo, 27 de marzo de 2011

Noé Hernández Cortez: política, erotismo y el amor (ausente)


Leyendo una de las obras políticas más influyentes en el mundo académico del pensamiento marxista, Emancipation(s) de Ernesto Laclau, vislumbré una analogía entre la filosofía política del pensador argentino y el pensamiento político del poeta mexicano Octavio Paz. Esta analogía tiende sus vasos comunicantes a través de la metáfora la ausencia de la presencia. Así, me apresuré a escribir la siguiente nota.
Una forma de aproximarse a la noción de “significante vacío” que elabora Ernesto Laclau, principalmente en su obra Emancipation(s) (1996), es por medio de la metáfora la ausencia de la presencia. Mi siguiente aproximación no es casual, pues pocos lectores de la política han vislumbrado la conexión de la filosofía política de Ernesto Laclau con la sexualidad (Lacan, 1998) y el erotismo (Paz, 1993) El amor para el poeta Octavio Paz es la búsqueda de la unidad en el Otro. Para Lacan en la sexualidad se manifiesta la carencia de lo real, la falta de lo real que se reconcilia con la unidad por un instante a través del objeto del deseo, objet petit. No es extraño que Octavio Paz en su ensayo La llama doble (1993) se refiriera al amor como el gran ausente a finales del siglo XX en las democracias, en donde predominan las sonrisas idiotas de la satisfacción del consumo. En el lenguaje político de Laclau (1996), en el psicoanálisis de Lacan (1998) y en la poesía de Octavio Paz (1993) el significante vacío es la ausencia de la presencia, -y agregaría- la búsqueda de la unidad pérdida. En ese sentido, hay una conexión íntima entre política, sexualidad y erotismo, para usar la metáfora luminosa de Paz: una conexión íntima entre la plaza y la alcoba. Escribe Laclau en Emancipation(s):
En una situación de desorden radical, el “orden” está presente como aquello que está ausente; se convierte en un significante vacío en tanto significante de esa ausencia. En este sentido, varias fuerzas políticas pueden competir en esforzarse por presentar sus objetivos particulares como aquellos que se ocuparán de llenar la falta. Hegemonizar algo es, justamente cumplir esta función de llenado
Cualquier término que, en cierto contexto político, devenga en significante de la falta cumplirá la misma función. La política es posible porque la imposibilidad constitutiva de la sociedad sólo puede representarse a través de la producción de significantes vacíos. (Glynos y Stavrakakis, 2008:257)
El poeta Octavio Paz escribe en su ensayo La llama doble:
En Occidente se repitió el fenómeno de la primera postguerra: triunfó y se extendió una nueva y más libre moral erótica. Este período presenta dos características que no aparecen en el anterior: una, la participación activa y pública de las mujeres y de los homosexuales; otra, la tonalidad política de las demandas de muchos de esos grupos. Fue y es una lucha por la igualdad de derechos y por el reconocimiento jurídico y social; en el caso de las mujeres, de una condición biológica y social; en el caso de los homosexuales, de una excepción. Ambas demandas, la igualdad y el reconocimiento de la diferencia, eran y son legítimas; sin embargo, ante ellas los comensales de El banquete platónico se habrían restregado los ojos: el sexo ¿materia de debate político? En el pasado había sido frecuente la fusión entre erotismo y religión: el tantrismo, el taoísmo, los gnósticos; en nuestra época la política absorbe al erotismo y lo transforma: ya no es una pasión sino un derecho. Ganancia y pérdida: se conquista la legitimidad pero desaparece la otra dimensión, la pasional y espiritual. Durante todos estos años se han publicado, según ya dije, muchos artículos, ensayos y libros sobre sexología y otras cuestiones afines, como la sociología y la política del sexo, todas ellas ajenas al tema de estas reflexiones. El gran ausente* de la revuelta erótica de este fin de siglo ha sido el amor […] (Paz, 1993:153)
Así, existen conexiones íntimas entre la política, la sexualidad, el erotismo y el amor. Relación íntima entre la reflexión política en la plaza y la búsqueda de la unidad en la alcoba. La analogía entre el discurso de la política y el erotismo es la presencia del significante vacío, la presencia de la ausencia añorada.


Ciudad de México, a 25 de marzo de 2011

Fuentes:

Laclau, Ernesto (1996), Emancipation(s), London: Verso.

Paz, Octavio (1993), La llama doble. Amor y erotismo, México: Seix Barral.

Lacan, Jacques (1998), The Seminar. Book xx. Encore, On Feminine Sexuality, The Limits of Love and Knowledge, 1972-1973, Nueva York: Norton.

Glynos, Jason y Yannis Stavrakakis (2008), “Encuentros del tipo real. Indagando los límites de la adopción de Lacan por parte de Laclau”, en Laclau. Aproximaciones críticas a su obra, Simon Critchley y Oliver Marchant (compiladores), Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, pp. 249-267

Imagen: Amantes agotados, Katsushika Hokusai, 1810

viernes, 25 de marzo de 2011

me llaman Rodolfo Walsh, Rodolfo Walsh

Me llaman Rodolfo Walsh. Cuando chico, ese nombre no terminaba de convencerme: pensaba que no me serviría, por ejemplo, para ser presidente de la República. Mucho después descubrí que podía pronunciarse como dos yambos aliterados, y eso me gustó.

Nací en Choele-Choel, que quiere decir "corazón de palo". Me ha sido reprochado por varias mujeres.

Mi vocación se despertó tempranamente: a los ocho años decidí ser aviador. Por una de esas confusiones, el que la cumplió fue mi hermano. Supongo que a partir de ahí me quedé sin vocación y tuve muchos oficios. El más espectacular: limpiador de ventanas; el más humillante: lavacopas; el más burgués: comerciante de antigüedades; el más secreto: criptógrafo en Cuba.

Mi padre era mayordomo de estancia, un transculturado al que los peones mestizos de Río Negro llamaban Huelche. Tuvo tercer grado, pero sabía bolear avestruces y dejar el molde en la cancha de bochas. Su coraje físico sigue pareciéndome casi mitológico. Hablaba con los caballos. Uno lo mató, en 1947, y otro nos dejó como única herencia. Este se llamaba "Mar Negro", y marcaba dieciséis segundos en los trescientos: mucho caballo para ese campo. Pero esta ya era zona de la desgracia, provincia de Buenos Aires.

Tengo una hermana monja y dos hijas laicas.
Mi madre vivió en medio de cosas que no amaba: el campo, la pobreza. En su implacable resistencia resultó más valerosa, y durable, que mi padre. El mayor disgusto que le causo es no haber terminado mi profesorado en letras.

Mis primeros esfuerzos literarios fueron satíricos, cuartetas alusivas a maestros y celadores de sexto grado. Cuando a los diecisiete años dejé el Nacional y entré en una oficina, la inspiración seguía viva, pero había perfeccionado el método: ahora armaba sigilosos acrósticos.

La idea más perturbadora de mi adolescencia fue ese chiste idiota de Rilke: Si usted piensa que puede vivir sin escribir, no debe escribir. Mi noviazgo con una muchacha que escribía incomparablemente mejor que yo me redujo a silencio durante cinco años. Mi primer libro fueron tres novelas cortas en el género policial, del que hoy abomino. Lo hice en un mes, sin pensar en la literatura, aunque sí en la diversión y el dinero.

Me callé durante cuatro años más, porque no me consideraba a la altura de nadie. Operación masacre cambió mi vida. Haciéndola, comprendí que, además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior. Me fui a Cuba, asistí al nacimiento de un orden nuevo, contradictorio, a veces épico, a veces fastidioso. Volví, completé un nuevo silencio de seis años. En 1964 decidí que de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía. Pero no veo en eso una determinación mística. En realidad, he sido traído y llevado por los tiempos; podría haber sido cualquier cosa, aun ahora hay momentos en que me siento disponible para cualquier aventura, para empezar de nuevo, como tantas veces.

En la hipótesis de seguir escribiendo, lo que más necesito es una cuota generosa de tiempo. Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda; lustros en aprender a armar un cuento, a sentir la respiración de un texto; sé que me falta mucho para poder decir instantáneamente lo que quiero, en su forma óptima; pienso que la literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez.

Rodolfo Walsh
http://www.escribirte.com.ar/textos/618/rodolfo-walsh.htm

jueves, 24 de marzo de 2011

que el rencor no intercepte el perdón, Francisco Urondo

Estoy con pocos amigos y los que hay
suelen estar lejos y me ha quedado
un regusto que tengo al alcance de la mano
como un arma de fuego. La usaré para nobles
empresas: derrotar al enemigo– salud
y suerte–, hablar humildemente
de estas posibilidades amenazantes.
Espero que el rencor no intercepte
el perdón, el aire
lejano de los afectos que preciso: que el rigor
no se convierta en el vidrio de los muertos; tengo
curiosidad por saber qué cosas dirán de mí; después
de mi muerte; cuáles serán tus versiones del amor, de estas
afinidades tan desencontradas,
porque mis amigos suelen ser como las señales
de mi vida, una suerte trágica, dándome
todo lo que no está. Prematuramente, con un pie
en cada labio de esta grieta que se abre
a los pies de mi gloria: saludo a todos, me tapo
la nariz y me dejo tragar por el abismo.

"No me puedo quejar", en Poemas Póstumos (1970-1972)

jueves, 17 de marzo de 2011

cuando la enfermedad era bella, Héctor Libertella

Para relacionar malestar con fulgor voy a una vieja anécdota: cuando era chico y vivía en Bahía Blanca, me impresionaba el mendigo de la plaza. Era un personaje muy flaco y sucio. Yo me compadecí de él durante ocho años, hasta que un día mi padre me dijo: “Es Fulano de Tal, el hombre más rico de la ciudad. Y el avaro más grande. Acercate un poco y vas a ver cómo le brillan los ojos de codicia”. Después agregó: “No te engañe su apariencia. No es oro todo lo que reluce”.
Yo era entonces muy chico para enfrentar tantas paradojas, pero ese pobre hombre rico no sé por qué me fascinó y me iluminó como un modelo alquímico. Como si las penurias de su cuerpo se transmutaran todas en el brillo de oro de sus ojos. Es la primera forma que me permite relacionar malestar con fulgor.
Edgar Poe murió hecho un desastre, dicen de alcoholismo y demencia senil precoz a los 41 años. “¡Ah, pero dejó la luz de ‘El cuervo’, Las aventuras de Arturo Gordon Pym y todos sus relatos!”, agregará la crítica. Paradigmático o como sea, me parece que este caso no nos sirve para la reunión de hoy, porque estar mal como Poe es estar enfermo y tener malestar es, en cambio, sentir simplemente angustia, ansiedad, congoja, desasosiego, desazón, inquietud, intranquilidad, nerviosidad. Es decir, las cosas vulgares (no sé si llamarlas neuróticas) que de a ratos puede tener cualquiera todos los días o incluso todo el día durante un tiempo prudente.
Si pensamos las relaciones entre arte y enfermedad la historia es larga y depende de los dictados de la moda. Y tiene que ver con qué se considera salud y qué enfermedad en distintas épocas. Ustedes saben que contra los clásicos sanos, influyentes y canónicos del siglo XIX, el romanticismo tomó una diagonal: “La enfermedad es bella”. La tuberculosis, la anemia, la discreta tos y el suicidio se hicieron símbolos de prestigio. La proximidad de la muerte, un pasaporte a la gloria.
En 1828, Lord Byron se miraba al espejo y decía esto (créase o no): “Estoy pálido. Me gustaría morir consumido, porque entonces las damas dirían ¡pobre Byron, qué interesante parece al morir!”
En el siglo XX la moda cambió, pasó de la tuberculosis a la locura. Basta con citar a Breton, el surrealismo, las reuniones con Lacan en el Santa Ana de París, las primeras exposiciones y publicaciones de los internos del hospital. Y el nuevo tablero de los ilustres, el Hall of the Fame de quienes murieron en el extravío o la niebla mental, desde Van Gogh, Nietzsche y Artaud a Hölderlin, Gérard de Nerval y Raymond Roussel. Y después acá, en Argentina, a Jacobo Fijman, que deambuló durante años por los pabellones del Borda.
No era malestar sino estar mal lo que Virginia Woolf le escribía en 1941 a su marido, como testamento, porque según ella no soportaba esa alternancia de euforia creativa y depresión cotidiana: “No quiero enloquecer otra vez”, y se tiraba al río con una enorme piedra en el bolsillo. Pero en el siglo XX el suicidio ya no era bello. Byron creía que había un extraño fulgor en su cara pálida que encantaba a las damas. En cambio, el miedo a la locura en Virginia Woolf se encontró no con el resplandor o el brillo intenso, sino con esa variante etimológica de la palabra fulgor que es fulminar, como cuando un rayo aniquila a alguien, lo mata. Es la diferencia entre dos siglos.
Hace poco le pregunté a un pintor cuáles podrían ser los artistas de mucho destello pero de mucho malestar. El me dijo: Bonnard y Soutine, obras de padecer una interminable ejecución, muy reescritas. Y me agregó esta anécdota: uno de ellos –no sé si Bonnard o Soutine– en algún museo de París –no sé si el Louvre u otro– entró un día con pinceles y témperas y empezó a corregir, a retocar uno de sus cuadros que ya estaba colgado en plena exposición. (No hablemos del revuelo que ese hecho produjo.) La excesiva reescritura en busca de un nuevo y nuevo destello, ese excesivo malestar en busca del fulgor podría evocar también el malestar de nuestra cultura, que no puede asumir la vieja receta de la paciencia cuando se trata de producir fuego. Esa receta dice más o menos esto: introducir un palo deslizándolo por una ranura en la madera seca, todo el tiempo que sea necesario hasta que aparezca la chispa. Y si no se logra la chispa, habrá que hablar entonces del malestar sexual en nuestra cultura.
Días atrás, un crítico me decía: “Leer literatura ya me duele un poco”. ¿Será acaso que leer literatura ya duele un poco porque se cumple como un castigo o una dura disciplina física en los patios cerrados de la Academia o de algún Salón, como decir, si no, en los verdes campos de Treblinka? Allí el resplandor de la lectura literaria parece más intenso porque queda recortado como un ghetto en medio de la Aldea Global, la comunicativa. No sé si ese resplandor ocurre porque tiene como aval el padecer típico del ghetto, el incipiente dolor de aquel amigo mío.
Una breve leyenda, no recuerdo de quién, podría haber sido el epígrafe pero termina siendo el colofón de todo esto: “No hay fuego arriba de uno, en el ethos que dice ética, sino abajo, en el pathos que dice patología”.

* Texto publicado en la revista-libro Mal Estar: psicoanálisis/cultura, publicación de la Fundación Proyecto al Sur.

domingo, 13 de marzo de 2011

olas gigantes y azules, Alberto Girri

Como que todo
lo de la tierra
es imitable,
su trazo personal e impersonal,
parte de que todo
es uno,
y se complace con olas
gigantes y azules, faisanes,
un pescador
debajo de la luna, autorretrato,

y mueve a que doradas
carpas, variedad comestible,
fijen su hosquedad maligna
en los visajes de cortesanas
que prueben afeites,
están atentas a plácidos
dioses de la felicidad
auspiciando que feroces parejas
después de unirse se dulcifiquen,
extasiadas
ante sus pubis, nucas,
el caprichoso contorno
de vellos como helechos, palmeras.

as{i que nuestro
acompañar tanto despliegue
participe de lo múltiple,
compromiso en la mirada
que es compromiso con el tacto, vibración
desde cuerpos, masas;

y así que las efigies
quedamente musiten como
a la larga habrá sido estéril,
e insinuándonos que él
desdeñaría nuestra devoción,
escepticismo de hacedor
cuando después de realizar considera
que ninguna forma es segura
infiere que de lo esencial
ni siquiera consiguió leer
la primera página,

restricción de que todo
se deja imitar, salvo la verdad,
desde que la copia de algo
verdadero ya no es más la verdad.

"Hokusai", Alberto Girri, en 200 años de Poesía Argentina

Imagen: La gran ola de Kanagawa (1830 - 1833) Treinta y seis vistas del monte Fuji (富嶽三十六景 Fugaku Sanjūrokkei)
Katsushika Hokusai (1760–1849)

viernes, 11 de marzo de 2011

matar era fácil, "pero no así, no" David Viñas


"(...) Hubo un largo silencio y después no se oyeron más disparos. Entonces guardó silenciosamente su Malinchester toqueteándola varias veces para comprobar si estaba bien, Si colgaba bien. Buen cinto, buena cartuchera.
Por fin, sobre la loma de los nidos apareció Gorbea con su gente, pero al llegar al filo del cañadón, el grupo de hombres se paró. El único que siguió avanzando fue Gorbea. "Demasisdo rápido", pensó Brun. Estaba harto de esperar, pero una mayor espera lo hubiera ratificado y Gorbea traía una bolsa que se sacudía contra el flanco de su yegua. Entonces Brun se fue desatando del pie el cabestro de su caballo.
­-¡Ya está! ­anunció Gorbea desde lejos iniciando un trote cachaciento que concluyó en seguida­. ¡Ya está! ­repitió más fuerte y dio unas palmadas sobre su cabalgadura. Por un mornento, Brun creyó que era para apurar su marcha, pero no­. ¡Ya está! ­Gorbea señalaba la bolsa que se bamboleaba pesadamente contra su estribo.
­¡Sí!
­¿Mucho trabajo? ­Brun hablaba desde el suelo, con un aire de incredulidad, haciendo y deshaciendo Un nudo con la punta del cabestro.
­No ­jadeó Gorbea­. Fue fácil. Muy fácil..."

Los dueños de la tierra, 1958
David Viñas (1927-2011)

despedida: David Viñas, por Jorge Boccanera

Augusto Roa Bastos me dijo una vez en Asunción que él se había exiliado joven y que de alguna manera había convertido la nostalgia en algo positivo, es ahí donde se asomó el nombre de David Viñas entre los narradores argentinos más interesantes.
Yo tuve que salir de Argentina a los 23 años y también traté de darle tangibilidad a una situación de duelos múltiples. Y una de las cosas que computan para el haber, está la amistad con David en México, haber armado un diálogo.
David llegó a México en 1981; explicaba que la palabra "exilio" no lo convencía porque le sonaba melodramática; prefería decir "quienes estuvimos afuera". Era pudoroso. No hablo de humildad -era consciente de su fuerza intelectual y el lugar que ocupaba en la literatura- pero le escapaba a los escenarios de la figuración.
El golpe del 76 lo había agarrado en México de donde regresó en julio pese a voces que le aconsejaban no volver.
En una semana tuvo que hacer las valijas de nuevo. Me contó que se cruzó por la calle con el actor Pepe Soriano, quien, sorprendido como si viera un fantasma, le dijo: "tomátela viejo, que vos sos boleta".
Se fue a España y se instaló en un barrio madrileño, Salamanca. Cuando abrió las ventanas y vio pintadas que vivaban a Franco se mudó al Escorial. Allí se enteró de la desaparición de sus hijos María Adelaida en 1976 y de Lorenzo Ismael tres años después; primero por una carta y luego una llamada telefónica en una madrugada.
Con ese dolor deambuló por Estados Unidos y Europa -España, Italia, Francia, Dinamarca, Alemania- colaborando en algunos medios de prensa y dando clases, hasta recalar en México.
Solíamos juntarnos en la casa de Pedro Orgambide; donde terminamos armando junto a Humberto Costantini, Alberto Adellach y José M. Iglesias, la editorial "Tierra del Fuego".
Por esos días estaba irreconocible; se había afeitado su característico mostacho argumentando: "no trabajo más de viejito".
De los libros que no llegaron a salir y que quedaron en proyecto -varios regresamos al país tras el triunfo de Alfonsín- estaba un ensayo de David sobre Mariátegui y uno mío sobre la obra de Gelman que se publicó diez años más tarde en Buenos Aires.
En México, nos encontrábamos en la redacción de la revista Plural cuando me alcanzaba sus colaboraciones. Y confieso que al principio me sentí extraño frente a aquel escritor para mí enorme, que me ponía del lado del interlocutor de una de sus charlas ilustradas, esas que obligaban a circular a la carrera por laberintos en los que me costaba seguirle el paso.
¿Escribía como hablaba? Porque si en su oralidad ondulaban franjas literarias, sus textos estaban articulados por modulaciones (él diría "inflexiones") del habla coloquial. Todo aderezado con una ironía devastadora.
Recuerdo una cena en mi casa con el cineasta Renato Leduc, director de "Red, México insurgente". Eran viejos conocidos de épocas en que el mexicano estaba interesado en filmar su novela "Hombres de a caballo". Un lustro después el tema rondaba sobre la posibilidad de llevar al cine, con guión de David, la vida de la fotógrafa italiana Tina Modotti.
Cuando le decía que la película "El Jefe", basada en un texto suyo, era uno de sus picos altos, me observaba descreído.
Pero cuando insistía en que "El Jefe" era un parteaguas del cine nacional, que prefiguraba un cóctel entre prepotencia y frivolidad, que iba a caracterizar a parte de nuestra sociedad.
Las charlas continuaron a mitad de los 80 en Buenos Aires; en su departamento y en la librería Clásica y Moderna, donde solía caer Orgambide con quien David compartía entre otros temas, las figuras de Ezequiel Martínez Estrada y Alberto Ghiraldo, Boedo, Roberto Arlt y González Tuñón.
Por mi lado, recuerdo que lo literario iba más por el lado del grotesco y de las voces de ruptura de los años 20, sobre el que yo empezaba a trabajar.
David ya tenía el título de su ensayo: "Vanguardismos y Revolución en América Latina".
"Son cosas que uno tiene en carpeta", deslizaba, y hablaba de otro de sus proyectos: "Heterodoxos en América latina", una perspectiva de los intelectuales críticos de Matiátegui a Cooke.
Heterodoxos, disidentes, iconoclastas. Expulsados y reprimidos. Indios, anarquistas, socialistas, inmigrantes, más "todos los tipos que van a aparecer el 17 de octubre" y la militancia de los 70.
De eso escribía David, las zonas omitidas por la crítica oficial y el canon, "lo santificado", decía, "todo ese mundo de exclusión". Y, por añadidura, del "drama del poder y la crítica del autoritarismo" como señalaría el crítico Noël Salomón a propósito de la novelística de Viñas.
Era común encontrarnos en bares o, en los años últimos, en la casa de un amigo común, el músico Ricardo Capellano. Sus historias se filtraban entre cafés o tablitas con asado como cuando en los años 60 cayó en prisión en Venezuela por haber participado en un acto por Cuba y casi lo deportan a la isla Trinidad.
Vuelvo al exilio mexicano, y me veo tratando de barajar algo de esos sistemas paradojales que David iba armando cuando desmenuzaba un tema. Y siempre iba a fondo. Enseñaba a pensar con posiciones que no pocas veces eran un convite a debatir.
Junto a su consolidada narrativa de ficción, hay que hablar del rigor del análisis y de un modo singular de vincular sus distintos saberes.
Nos deja el espectáculo de una conciencia crítica interpelando al sentido común, y una densidad conceptual que de la mano de un lenguaje siempre en movimiento, hicieron de su estilo un modelo.
Si el sentido de una vida cabe en una palabra -por ejemplo el "hermanaje" que utilizaba Rodolfo Walsh, ese otro intelectual heterodoxo con el que Viñas solía juntarse en el Tigre- rescato para David el de "fraternal", de uso frecuente en su trato y que desplegaba en una gama que llegaba hasta la "fraternalia".

Buenos Aires, 11 de marzo. Télam, por Jorge Boccanera
Télam- jb-mc-gel 11/03/2011 14:08

martes, 8 de marzo de 2011

macedonianos escribe, inicio de clases

* Todos los miércoles, de marzo a diciembre, en el Círculo Médico de Lomas de Zamora:

* de 18 a 19,30: taller de narrativa. Coordinación: Roxana Palacios

* inicia: miércoles 9 de marzo


* de 16 a 17,30 y de 19 a 20,30: taller de poesía. Coordinación: Analía Mehlberg

* inicia: miércoles 16 de marzo

Solicitá una entrevista personal a macedonianos@gmail.com o a los teléfonos 156-782-4551 (para narrativa), 4-290-3606 y 153-301-2226 (para poesía)


Talleres a distancia: una propuesta de escritura a partir de la lectura vía mail. Narrativa breve y Poesía. Consultas: macedonianos@gmail.com / 156-782-4551

jueves, 24 de febrero de 2011

la verdad del arte no se demuestra. Más convincente que el fervor, macedoniano Borges

De Quincey, Writings, XIII, 345

En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano. Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía, El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares, Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo, Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta, El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra.
El maestro fue el primero que habló.
-Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente -dijo no sin cierta pompa-, No recuerdo la tuya, ¿Quién eres y qué deseas de mí?
-Mi nombre es lo de menos -replicó el otro-, Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes.
Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó.
Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:
-Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo,
-El oro no me importa -respondió el otro-, Estas monedas no son más que una parte de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra.
Paracelso dijo con lentitud:
-El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.
El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta:
-Pero, ¿hay una meta?
Paracelso se rió.
-Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que "hay" un Camino,
Hubo un silencio, y dijo el otro:
-Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino,
-¿Cuándo? -dijo con inquietud Paracelso.
-Ahora mismo -dijo con brusca decisión el discípulo.
Habían empezado hablando en latín; ahora, en alemán.
El muchacho elevó en el aire la rosa.
-Es fama -dijo- que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.
-Eres muy crédulo -dijo el maestro- No he menester de la credulidad; exijo la fe.
El otro insistió.
-Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa.
Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.
-Eres crédulo -dijo-. ¿ Dices que soy capaz de destruirla?
-Nadie es incapaz de destruirla -dijo el discípulo.
-Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿ Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?
-No estamos en el Paraíso -dijo tercamente el muchacho-; aquí, bajo la luna, todo es mortal.
Paracelso se había puesto en pie.
-¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?
-Una rosa puede quemarse -dijo con desafío el discípulo.
-Aún queda fuego en la chimenea -dijo Paracelso-. Si arrojaras esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo.
-¿Una palabra? -dijo con extrañeza el discípulo-. El atanor está apagado y están llenos de polvo los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera?
Paracelso le miró con tristeza.
-El atanor está apagado -repitió-- y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.
-No me atrevo a preguntar cuáles son -dijo el otro con astucia o con humildad.
-Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos, y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala.
El discípulo dijo con frialdad:
-Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa.
No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.
Paracelso reflexionó. Al cabo, dijo:
-Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas: Deja, pues, la rosa.
El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:
-Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don?
El otro replicó, tembloroso:
-Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.
Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.
Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza:
-Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será.
El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.
Se arrodilló, y le dijo:
-He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo, y al cabo del Camino veré la rosa.
Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?
Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retornó al salir. Paracelso lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.
Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió.

J.L. Borges: "La rosa de Paracelso", en La memoria de Shakespeare

lunes, 14 de febrero de 2011

un país, por favor, aquí y ahora, Javier Adúriz

Es que ser porteño, hijo de españoles, tiene lo suyo...un ánimo elegíaco que busca sentido contra el repique de las castañuelas. El tango de un lugar en ruda mutación. En esas condiciones, cada palabra que surge, vive solamente si se modula desde la herida central, y hace ilusión compartida: un país abstracto, en silueta de mujer que siempre se está yendo con otro y nos deja amasijados sin misericordia. Allí, entre los pliegues de esa melodía, oír es empinar el trago de una larga desdicha - encubierta bajo un aspecto resistente, claro.

A cada rato
Alaridos del viento
Diciendo qué


Pero no existe el país. En todo caso lo tangible son estas ciudades enormes que, como los principados de antes, agitan aquella misma pulsión por ser, la bandera roída del deseo. Rosario, Mendoza, Salta, Bahía Blanca, Córdoba, incluso La Plata o cualquier otra, pujan por encontrar un destino ajeno a Buenos Aires, esta múltiple cabeza tecnológica, suma de la soledad y del orgullo que nos desgarra a todos. Tal vez una carencia de orden mestizo, reinventada en cada vuelta de esquina, cada historia, contra el viento blanco de la precariedad.

Aquí también
Mordisquea su sueño
La pobre rata


Los pasillos de Dios...El cielo de la capital se organiza en retazos. Durante el día cae en bloques celestes o grises, amarrado a la forma neutra de los edificios. En la noche, no muestra sus estrellas, a menos que las busques denodadamente, perforando las luces de artificio, esa iluminación del alma colectiva. ¿Qué ven los ojos errantes y múltiples que no vean los tuyos? ¿Qué significado bruto y ominoso te anticipan? Hasta donde la vista alcanza, el horizonte está hecho de civilización indiferente.

Hurgan el cielo
La bóveda celeste
Estos anteojos


Me podrás decir, empero: ésta es la casa de la vida.


Un país por favor
Aquí y ahora


para Marcelo Ortale


Javier Adúriz, Esto es así, Poesía, Pez náufrago, Ediciones del Dock 2008

domingo, 13 de febrero de 2011

Seminario: sexo y amor en el Canon Latino, Leonor Silvestri

Objetivos

* Este taller tiene por objetivo trabajar sobre los tópicos, lugares comunes y temas de la poesía latina erótica que luego dieron lugar a las representaciones del amor en épocas posteriores.

* Intentaremos lograr un acercamiento a las poéticas del canon romano que muchas veces suelen dejarse fuera de los cursos más tradicionales.

* Haremos referencia a las diferentes escuelas de poesía dentro de un marco histórico y social que estructuran el estilo y los temas de la poesía.


Modalidad de trabajo:

* Las poesías están agrupadas en módulos temáticos

* Las clases serán teórico- prácticas.

* Los textos se leen en el curso. Y estarán a disposición de los participantes.

* Se trabajará con traducciones de editoriales reconocidas que garanticen la calidad de la lectura.

* Se harán referencias concretas al léxico en latín cuando sea necesario.

*Habrá a disposición de los participantes bibliografía teórica-critica que se desarrollara en la clase.

* Se propondrá a aquellos asistentes que deseen hacerlo, que al margen de la participación voluntaria en la clase, preparen un tema basándose en la lectura de los textos y la literatura crítica y cualquier otro cruce que ellos prefieran.


Horarios:

* Reunión semanal de 2 hs.

* Duración de marzo a mayo.

* Arancel: 150$ por mes



Programa:


A modo de introducción

Los géneros literarios en la antigüedad

Diferentes tipos de poesía: poesía lírica, épica, bucólica, simposíaca, invectiva, “de ocasión”, elegía.

The final countdown: la contienda lírica vs. épica.

Diferentes tipos de lírica: brevísima introducción a la métrica.

Algunos modelos griegos: Safo, Píndaro, Corina, Calímaco, Homero.


Manifestaciones Físicas del amor y El amor como patología


El amor como enfermedad. ¿Qué es el “Amor” para los latinos y sus poetas?

La poesía escrita con el cuerpo. Materialidad del poema: poeta, poesía etimologías.

El poema como remedio o como veneno.



Catulo. Poesías N° 5,7,32,48, 51,75, 83, 85, 99 . Relaciones Sáficas (fr. 1, 16, 31)

Horacio. Odas: Libro I, Oda 13; Libro IV, Oda 1.


Ovidio.
Amores: Libro I, poesía N° 5; Libro II, poesía N° 9b; LibroIII, poesía N°11b.


Sexo, Mentiras y Poesía


La escritura como ficción. ¿La ficción imita la realidad?¿El referente de la literatura es la literatura?

Cómo conseguir chicas en la antigüedad.


Catulo. Poesías N° 58,70,72,76,87,109,110

Ovidio. Amores: Libro I, poesía N° 3.

Tibulo. Elegías: Libro III, poesías N° 19 y 20.



Protocolos: sobre “el que dirán”

Sexualidad y poesía en Roma. ¿Homosexualidad? ¿Literatura de género?
Verdades y mentiras del tema de moda

Catulo. Poesías N° 5,6,16,35.

Horacio.
Odas: Libro II, oda N° 4; Libro III, oda N° 15.

Ovidio. Amores: Libro II, poesía N° 3.

De poesía a poeta: Sulpicia, una única mujer escribe en Roma


¿Cómo llega Sulpicia hasta nosotros? Condición de la mujer poeta en la antigüedad: las precursoras: Nossis, Corina, Safo, etc.

Inversión del sexismo en la voz poética de la mujer.

Tibulo. Elegías: Libro III, elegías N° 11,13,15,18.


Pasado, Presente y Futuro

Las influencias de la poesía antigua en los poetas modernos: Cassara, Raimondi, Belloc, McDonnel, Hughes y Faber & Faber, etc.

Traducción y poesía; traducción: criterios desde la antigüedad sobre la traducción, el plagio y los límites en el mundo pre-burgues.


Curso dictado por Leonor Silvestri

Consultas e inscripciones: silvestrileonor@yahoo.com.ar

TEL: 4383 1321 / 1562691508

domingo, 26 de diciembre de 2010

la Inteligencia no es más que nominación, Macedonio Fernández

La Inteligencia no es más que nominación; la Palabra, que es esta nominación, no es necesaria para Pensar, ni siquiera para hablar, diremos, pues, la palabra sustituyó y aun coexiste con la gesticulación. La palabra es órgano de comunicación, como el gesto, no el pensamiento. Por tanto, ninguna palabra puede dejar de tener un sentido accesible, por muy abstractas y misteriosas que se califiquen sus acepciones. El Tiempo y el Espacio son expresados con gestos muy a menudo; ¿qué misterio puede caber en un gesto, en trazar su origen? En cuanto a la Deducción, es una supuesta operación intelectual que nadie ha hecho ni necesitado. Demás está decir que el Cálculo de Probabilidad y Ley de los grandes Números, son el colmo del optimismo, y que el enunciado "siendo iguales todas las otras circunstancias tal causa producirá tal efecto", es una tautología, porque las circunstancias de un hecho son ilimitadas y cada circunstancia es una "causa" que a su vez concomita con un número ilimitado de circunstancias, haciendo imposible la mínima previsión.
Otro tanto en cuanto a la definición de las especies.

"Metafísica: el mundo no es dado", en Para una metafísica argentina-Textos metafísicos, 1908-1928 (fragmento), Macedonio Fernández.
Foto: http://letras-uruguay.espaciolatino.com/aaa/fernandez_m/bio.htm

jueves, 23 de diciembre de 2010

Hybris, Gonzalo Martínez Methol

Va a suceder a las ocho y cuarto de la mañana. Su reloj no lo sabrá. Porque, cuando ellos entren, dando una patada a la puerta, portando armas cortas y armas largas, y los encuentren a ellos dos en la cama, desnudos, abrazados, Edgardo con un cigarrillo que ella habrá acabado de encenderle, cuando eso suceda, a las ocho y cuarto de la mañana, las agujas del reloj de él estarán inmóviles, detenidas, las agujas, en una hora que a nadie, y a ellos dos menos que a nadie, puede importarle.
Pero eso va a ser recién a las ocho y cuarto. Son, ahora, apenas las dos y media de la madrugada. Virginia recuesta la cabeza sobre el pecho de Edgardo y escucha el latido acelerado. No sabía, Virginia, que el corazón de un hombre podía latir así.
–Parece un tambor.
–Escuchá bien –dice él–. ¿Escuchás el tercer latido?
Ella escucha con más atención.
–Fijate –dice él–. Tengo un tercer latido.
Virginia, que, antes de abjurar de un mandato familiar de cuatro generaciones, era una aplicada, casta estudiante de medicina, recuerda que la primera fase de contracción cardiaca se denomina sístole, y la segunda fase, de dilatación, diástole. El corazón de él hace sístole diástole diástole.
–¿Lo sentís? –dice Edgardo.
Ella ríe.
–Sí, es verdad.
A Edgardo le viene a la cabeza, no sabe bien por qué, el mito de Isis. La voz de su padre, herrumbrada pero clara, explicándole cómo las lágrimas de Isis provocan el desborde del Nilo una vez por año. Entonces entiende la asociación: el Juicio de Osiris.
–De un lado de la balanza iba el corazón –le explica a ella–. Del otro lado una pluma. El corazón tenía que pesar menos que la pluma. Si no, el tipo se iba al infierno.
–El tipo o la mina –dice ella.
–Claro. El tipo o la mina. Lo importante era que el corazón pesara menos que la pluma.
–Qué vivos. Así no vale.
–Era así.
–No vale. Así no vale.
–Nunca vale.
Por momentos el silencio se vuelve una especie de gangrena. Hiede. No se puede hacer otra cosa más que fumar y coger y fumar y hablar y fumar y esperar. Pero hiede. Hagan lo que hagan, hiede. Sólo les queda la fuga al cuerpo del otro, esa última trinchera compartida en medio de la intemperie del tiempo y el miedo y la sangre. Nada está perdido del todo si hay un cenicero a mano y una lámpara en el suelo y penumbra y el fulgor rojizo de un fósforo contra la cara y una mano que se abra paso entre las sábanas buscando esa otra tibia, húmeda penumbra. Y sístole diástole diástole.
Virginia se sienta en la cama, prende un cigarrillo, se lo pasa a él, y prende otro. Él le mira los pechos. Le gusta verla fumar desnuda. Le gusta que a ella no le importe que la vean fumar desnuda. Le gusta cómo mantiene el humo en la boca y luego lo exhala despacio, hacia un costado. Le gusta el modo en que ella mira la brasa del cigarrillo, con una especie de primitiva fascinación.
–Mujer de harén –le dice.
–Andá a cagar –dice ella, refregándose los ojos.
El humo del cigarrillo siempre le hace llorar los ojos.

Las tres menos diez. El reloj de Edgardo todavía lo sabe. Las agujas lo saben: se mueven, acatan.
Dentro de cinco horas y veinticinco minutos, cuando ellos entren, operativos, eficaces, Edgardo intentará alcanzar su arma. Dos disparos certeros de una 38, uno en cada rodilla, lo harán desistir. Verá, Edgardo, desde el suelo, cómo uno de los oficiales de civil arrastra a ella de los pelos hacia afuera
–¿Pensás sacarla así, tagarna? –intervendrá el oficial de más rango–. Dejala que se vista.
Virginia reconocerá al criterioso oficial que acaba de hablar. Recordará haberlo visto en una película de Jean Luc Godard.
–Odio a Belmondo –le dice ahora a él–. Esos labios que parecen un churrasco.
–Vos no sabés odiar.
–Sí que sé. Odio a Belmondo. Y odio a la tarada esa con la que anda en la película, que se quedó fascinada con París era una fiesta y le hinchó las pelotas a los padres, buenos burguesitos americanos por supuesto, para que la dejen ir a estudiar a La Sorbona y a tomar café en Montmartre como Hemingway.
Edgardo paladea despacio la palabra odio. Le gusta cómo la pronuncia ella, martillando la de.
–…Y el olor de las bolsas de plástico –sigue Virginia–. Odio el olor de las bolsas de plástico. Ese olor a nada, a bolsa de plástico. Y las sirenas de madrugada. Y los supermercados abandonados. Los odio. Y la palabra contubernio. Suena horrible. Contubernio.
Infame turba de nocturnas aves, cita mentalmente Edgardo. Infame contubernio, piensa. Infame conturba. Conturba noctubernio.
–…Y las escaleras en espiral. Y los muebles viejos. Los odio. Y las corbatas. Odio las corbatas. Odio a los tipos que usan corbatas y viajan en subte y tienen los dedos manchados con tinta de diario.
Edgardo ve a su padre leyendo La Nación en el living de su casa, cejijunto. Ve los dedos manchados con tinta de su padre contra el cristal de un vaso de whisky. Y escucha, Edgardo, la voz de su padre, herrumbrada pero clara, desde un atardecer invernal de sus veinte años, la misma voz que supiera contarle mitos egipcios y griegos y celtas para que se durmiese, que le dice: si te vas no volvés. Y le dice: yo, en esta casa, zurdos no quiero.
–…Y odio que tengas siempre las manos heladas –escucha que dice Virginia.
–Un problemita de circulación, ya te dije.
–Y a vos te odio. Te odio más que a nada.
–Vení.
–Te odio. Te juro que te odio.
–Dale, vení. Hace frío.
–Odio el frío. Odio tener ganas de hacer pis.
Dentro de cinco horas y ocho minutos, cuando la metan encapuchada a un Ford Falcon, y la obliguen a acostarse en el piso del auto, Virginia sentirá la entrepierna mojada, y lamentará, un segundo, antes de advertir su propia imbecilidad, no haber pedido ir al baño antes de salir.
–Hasta los diez años me hacía pis en la cama, te juro –le cuenta a Edgardo ahora–. Mamá me quería llevar con un psiquiatra amigo de la familia, un tipo con cara de pájaro. Le dije que si le contaba a alguien no le hablaba nunca más.
Se escucha, lejano, el sonido de una sirena. Edgardo la siente erizarse contra él. Cuando ya no se oye nada, ella sigue:
–Una noche recé. Le dije a Dios que si impedía que me siguiese haciendo pis encima yo iba a ser la mejor persona del mundo, que iba a ir a misa todos los domingos, que me iba a aprender de memoria La Biblia, que no iba a mirar a un chico en toda mi vida.
–¿Y qué te contestó?
–¿Para qué te andás juntando con terroristas, piba? –escuchará que le dice el oficial junto a ella en el auto–. Ahora te vamos a tener que educar, a vos. Ya vas a ver.
–Nada –dice Virginia­–. No contestó nada.

La mira levantarse para vestirse, el cigarrillo en los labios, los ojos entrecerrados por el humo. En algún lugar estará el corpiño, pero la habitación es un caos y hace mucho frío, así que se pone directamente el pullover enorme, de cuello alto, que ella misma tejió y que no se saca nunca. Le cuesta imaginarla vestida sin ese pullover absurdo.
(Un patio de pedregullo. Lo van a arrastrar por un patio de pedregullo. Oirá, lejanas, voces de niños: una escuela. Y campanas. Sí, campanas. Una Iglesia. La misa de las nueve.)
Escucha desde la cama el ruido que hace ella en la cocina, buscando una taza. Mira la Beretta, sobre la silla cerca de la cama. No parece real. No con ella ahí, en la cocina, desnuda bajo su absurdo pullover gigante, batiendo café mientras tararea –mal– una canción de Bob Dylan.
–Nadie aguanta –le ha dicho Rivas, aviscerados los ojos de Rivas tras sus anteojos de marco grueso-. Que no te agarren, pibe.
Y ha creído necesario aclarar, como quien le explica la regla de tres simple a un nene de seis años:
–Vivo.
Rivas le ha contado a Edgardo lo que le hicieron en el 75. No ha ahorrado detalles, Rivas. Dijo:
–Después de unas cuantas sesiones les hablás hasta en noruego.
Y dijo:
–Nadie aguanta. Vivo, no, pibe.
Edgardo cuenta los pasos hasta la silla. Tres, cuatro pasos largos. Parecen quilómetros.
Ya no la oye tararear. De pronto la cama le parece enorme. Se levanta. La encuentra fumando contra la mesada de la cocina, ausente. El ruidito de la pava calentándose y la respiración asmática de la heladera es lo único que se escucha.
–¿Por qué no prendés la radio? –dice ella.
–Todavía es temprano –dice él, hosco–. Hasta después de las seis no vamos a saber nada.
Ella aprovecha que ya está el agua para darle la espalda y servir el café.
–Vamos a la cama –le dice–. Hace frío.
Toman el café de la misma taza, la única que hay. Antes de dar un sorbo, ella mantiene la taza cerca de la cara, para sentir el calor del vaporcito.

Las agujas obedecen, aún, gregarias, con milimétrica precisión. La aguja corta a medio camino entre el 3 y el 4. La larga sobre el 8. Edgardo piensa, y al pensarlo necesita pitar bien fuerte su Marlboro, que, si todo ha salido bien, la casa del comisario Raimundo Beltrán ya debe haber volado por los aires. Si todo ha salido bien. Recién tendrá esa seguridad cinco horas y cuarenta y tres minutos más tarde. Abrirá los ojos, cinco horas y cuarenta y tres minutos más tarde, y verá sólo el negro de la venda. Advertirá que su cuerpo tiembla de frío, que está desnudo, que está empapado, que sus manos y pies están atados a los travesaños de una cama de hierro y que lo que va a sucederle será la preciosa confirmación de que todo ha salido bien.
–Ahora me vas a contar algunas cosas –decidirá alguien contra su oído.
Y sentirá la primera punción de la picana en la axila derecha.
–Me hacés cosquillas –le dice a ella ahora–. ¿Te sigo contando o no?
–Dale.
–Prestá atención: lo que nadie sabía era que Procusto contaba con un dispositivo especial para adaptar la medida del lecho.
–¡Cantá, zurdo hijo de puta, cantá! Decime un nombre y se termina, dale.
Virginia le arranca un pelo de debajo del ombligo y antes de que se queje lo besa rápido varias veces en ese lugar.
–Así que prisionero nunca tenía la medida exacta –continúa Edgardo luego de un suspiro de mal humor–. Siempre era muy corto o muy largo.
– ¡Cantá cantá cantáaaaaaaaaaa!
–Por lo general el lecho le quedaba largo, y Procusto le descoyuntaba los huesos de brazos y piernas para que calzara justo. Los adaptaba.
–¿Quién estuvo metido? Dame un nombre. Un nombre y te vas a tu casa.
–Procusto significa eso: alargador.
–Alargador –repite ella. Su mano empieza a bajar abriéndose paso entre las sábanas.
Durante esos lapsos entre punción y punción él tratará de que su consciencia gane terreno. Si logra que su consciencia no se desmorone, y que pueda así cosificar el dolor, expulsarlo de sí, fosilizarlo a la intemperie de su cuerpo, al menos ganará tiempo.
–Tenés las manos heladas.
–Perdón.
Por momentos le parecerá que gira hacia el vacío, nauseado, sin poder aferrarse a nada. Un gran cilindro viscoso.
–Vení –le dice ella.
La voz llegará cada vez desde más lejos, como a través de un largo tubo. Cada vez que se desmaye, lo traerán de vuelta echándole encima un balde de agua. Y vuelta a empezar.
–Despacio –le dice ella.
Lo importante será no perder de vista el cilindro viscoso, retenerse el mayor tiempo posible de este lado del dolor, no permitir que todo se disgregue y deje de importarle. De un lado de la balanza su corazón. Del otro una pluma.
–Pasame el cenicero.
–Pará, me da un asco cuando está lleno de colillas.
Ya no habrá tiempo. Ni le importará, a Edgardo, que ya no haya tiempo. Como tampoco le importarán los nombres que gritará, excedido por la tortura, antes de irse por el fondo del cilindro viscoso y perderse en un sueño sin imágenes.

Ella se ha levantado, y ha cubierto su cuerpo desnudo, aterido, con el pullover enorme, de cuello alto, sin el cual un hombre a cuyo corazón no le alcanzan dos latidos no podría imaginarla. El hombre a cuyo corazón no le alcanzan dos latidos la ha visto caminar hacia la ventana de la habitación, los brazos cruzados sobre el vientre, y ha visto su cuerpo de veintitrés años recortarse, nítido, contra la ventana, por la que empieza a entrar una luz acuosa y limpia.
Virginia escribe sobre el vidrio empañado, con el dedo, una palabra. Antes de que él pueda leerla, la borra. Y pregunta, Virginia, como quien espera que algo termine o empiece de una vez, qué hora es.
El hombre a cuyo corazón no le bastan dos latidos mira su reloj. Las agujas no se mueven. Le da unos golpecitos con el índice. No se mueven. Se lo saca. Lo deja sobre la mesa de luz.
–Vení –le dice a ella.
Virginia vuelve a la cama con una especie de trotecito. El lecho tiene la medida justa, ahora.
–Tengo sueño –dice ella.
–Dormí.
–No quiero dormir. Contame algo. No quiero dormir.
Escucha, Edgardo, la voz de su padre, herrumbrada pero clara, desde alguna noche estival de sus ocho o nueve años. Le habla, la voz de su padre, herrumbrada pero clara, del mito de Sísifo, quien, como castigo a su hybris, fue condenado a cargar una roca sobre la ladera de una montaña. La roca caía, al llegar Sísifo a la cima, y debía volver a buscarla, eternamente.
Traduce, Edgardo, la voz de su padre, palabra por palabra. Virginia escucha, atenta, esa traducción. Los ojos le duelen, a Virginia. Del sueño le duelen.
–Hybris –dice Edgardo.
–¿El qué? –dice ella.
–Hybris. La soberbia ante los dioses.
–¿Quién dice que es soberbia?
–Los dioses.
–Qué vivos. No vale.
–Es así.
–No vale. Así no vale.
–Nunca vale.
Ella bosteza. Le pone el cigarrillo a él en los labios y recuesta la cabeza sobre su pecho. Sístole diástole diástole.
–¿Qué hora será?
Sístole diástole diástole.
–Es temprano –dice Edgardo- las ocho y diez.

"Hybris", en La intemperie (el frío de la especie)
Primer Premio Narrativa del VII Concurso Nacional Macedonio Fernandez
Foto: macedonianos

domingo, 19 de diciembre de 2010

el fuego muere con más fuego, Fredy Yzzed

EL INFIERNO ESTÁ adentro: no afuera. Quema en la raíz del pecho con su fuego suave y continuo. Se aviva la llama cuando pienso en un pájaro incinerado en pleno vuelo. Crece la hoguera cuando me acerco a las orillas de mi piel.

El infierno se quema delicadamente como una hoja de papel. A veces es más humo que palabras. Otras veces más vacío que silencio. Esa hormiguita en el largo camino de una baldosa.

Todos los hombres van con su infierno dentro. Algunos tienen un infierno con mansiones, otros tienen infiernos pequeños que se confunden con los pecados. Alguien sin rostro me dijo que el fuego muere con más fuego.

Los enfermeros me han golpeado y me han amarrado varios días. Me han quitado aterrados la caja de fósforos junto al tanque de gas abierto.

Me han prohibido jugar con fuego.



HOY HE PENSADO que todos nacemos con la ayuda de una delgada cuerda. Una soga de la que nos agarramos para deslizarnos por las entrañas del sexo de nuestra madre. La primera relación sexual es con nuestra madre. Una madeja de hilo del que vivimos tirando de la cama a la oficina, de la calle a otro hombre, de lo que creemos sentir a lo que necesitamos saber. Primero la mano izquierda, luego con fuerza la mano derecha. Como Teseo vamos por el mundo a través de los siglos aferrándonos a ella; creemos que es la esperanza, el camino incierto de la felicidad.

Pero a mi cuerda alguien o algo la ha cortado de un tajo. El hilo de Teseo me ha traído a este consultorio a hablar de ella y de mis noches. Me ha dejado en el precipicio de estar conmigo mismo.



SIEMPRE QUE ESTOY solo se me ocurre un personaje. Es la misma escena desde hace unos meses. En realidad no sé si la he leído en alguna parte o la he imaginado. Hasta ahora no entiendo por qué no cambian los detalles. Se me ocurre que hay un hombre viejo encerrado en un cuarto. A través de una puerta pequeña le pasan los platos con comida. Los traga moderadamente. Masca un muslo de pollo y le parecen bellos los cantos de los gorriones. Luego pasa a través de la misma puerta el plato desocupado.

El mismo anciano con su cabello blanco en desorden se sienta frente a un piano. Oprime las teclas como si de verdad supiese interpretar el instrumento. Cierra los ojos como despojado por la música. Ladea la cabeza de un lado a otro como si viajara en la balsa de las notas. Pero ocurre que dentro del piano las cuerdas están cortadas con tijeras. Del piano no sale ningún sonido. Es en ese instante que el hombre se voltea, me mira por primera vez y me dice: “¿Escucha el silencio?”

Es complejo, muy raro, porque yo escucho la más bella sinfonía.


La sal de la locura , de Fredy Yzzed (fragmento)
Primer Premio de Poesía, VII Concurso Nacional macedonio Fernández
Jurado: María del Carmen Colombo, Jorge Boccanera, Javier Adúriz

Foto: entrega de premios, 18 de diciembre de 2010
macedonianos 2010

sábado, 18 de diciembre de 2010

macedonianos en acción

queridos amigos: el próximo sábado 18 de diciembre se realizará la entrega de premios y diplomas del VII Concurso Nacional Macedonio Fernández, que tuvo como jurado a los escritores Silvia Camerotto, Roberto Ferro y Carlos Pereiro en narrativa y María del Carmen Colombo, Jorge Boccanera y Javier Adúriz en poesía.

A través del Concurso Macedonio Fernández de narrativa breve y poesía, nuestro objetivo es difundir la nueva creación literaria nacional. Este concurso cuenta con el apoyo institucional y económico de la CODIC, Comisión de Docencia, Investigación y Cultura de la Fundación Médica de Lomas de Zamora. Idea y coordinación general, Roxana Palacios.

El premio único para cada género consiste es la edición de 500 libros más la suma de 3.000 pesos, que serán entregados a los escritores
Gonzalo Martínez Methol por su libro La intemperie (el frío de la especie), narrativa
Fredy Yzzed, por su libro La sal de la locura, poesía

La Fundación Médica de Lomas de Zamora se reserva el derecho a la cantidad de 100 libros para su circulación gratuita en bibliotecas, centros culturales y encuentros literarios.

Finalistas de poesía:

La hija desierta, María del Carmen Sánchez
El abandono, Paula Inés Aramburu
No hay zapatos en Babilonia, Fabián Vique
De dónde traigo tanta sed, Mariana Riera
Mapas, mapas, María de la Paz Garberoglio
Revelaciones de otras criaturas, Jorge Daniel Santkovsky
Sitiados de ánimo, Alicia Márquez
Epitafios sin garantías, Gustavo José Rodríguez

Finalistas de narrativa:

Emir, Un poco más lejos, Marcelo Brignole
Oficios, Patricio Hernán Agüed
El subsuelo y otros cuentos, Nicolás Barrasa
La foto en la tercera página, Néstor Sebastián Chilano


Después del acto serviremos un vino de honor. Los esperamos!!
Fundación Médica de Lomas de Zamora, Colombres 420, Lomas de Zamora.
4-244-1080, int 29

viernes, 3 de diciembre de 2010

macedonianos, en adhesión al día mundial del NO uso de plaguicidas

El ojo de la foca -mi amuleto- me llevará hasta el oso blanco.
¿Hay algo más bello que perseguir al oso blanco en el océano blanco?
Hace muchos sueños que sigo sus rastros, estas pisadas
en la nieve que el viento borra y no llevan a ninguna parte;
y los ojos, de tanto mirar, ya han dejado de ver.
Pero a veces, en la inmensa blancura, he creído escuchar
una especie de lamento,
un bostezo no parecido al de ninguna otra criatura viviente;
y cuando aparecen los primeros pelos de la sombra
y el sol sangra cada vez más hasta desaparecer,
alguien ha visto una silueta sobre la ladera
convirtiendo la noche en el día, la oscuridad en luz.
Ahora se ha agotado el aceite de la lámpara,
las estrellas emigran hacia la tierra del caribú
y los hombres, excitados, colocan las trampas,
esperan la presa que se oculta para mostrarse.
¿Qué es ese resplandor en la escarpada colina?
Tres veces he frotado el ojo de la muerte,
tres veces prometí las vísceras a los hombres y los perros,
tres veces ofrecí como cebo mi corazón.
Y un día temblarán los cielos y la tierra,
un día la vara mortal atravesará su cuerpo,
y entonces colgaremos de un asta su vejiga
para ahuyentar la sombra y el espíritu de la sombra.
Luego arrastraremos sus restos cuesta abajo, hacia el mar,
y envueltos para siempre en la piel inmaculada,
seguiremos la marcha riendo clamorosamente
y dándonos los unos a los otros grandes palmadas en la espalda.

Horacio Castillo
Alaska, 1993

Foto: deshielo polar
http://www.google.com.ar/imgres?imgurl=http://efectoinvernadero.comxa.com/polo_norte.jpg&imgrefurl=http://efectoinvernadero.comxa.com/default2.htm&usg=__fz4xNKG59OLpN_1BPby6xEZ2rHo=&h=335&w=500&sz=41&hl=es&start=0&sig2=JvLq5Mc12myvV8x74W3p5A&zoom=1&tbnid=GdivXJ27pRKPLM:&tbnh=114&tbnw=153&ei=PQX5TKeyAsGC8gacmoj4CA&prev=/images%3Fq%3Ddeshielo%2Bpolar%26hl%3Des%26sa%3DG%26biw%3D1362%26bih%3D520%26gbv%3D2%26tbs%3Disch:1&itbs=1&iact=rc&dur=264&oei=PQX5TKeyAsGC8gacmoj4CA&esq=1&page=1&ndsp=24&ved=1t:429,r:3,s:0&tx=88&ty=54

martes, 30 de noviembre de 2010

Presentación de Desterrado Ángel de la guarda, de Laura Massolo

Jueves 2 de diciembre, a las 19, en Hipólito Yrigoyen 13.200, Adrogué

Ahora nadie sabe qué hacer con este miedo
Ahora nadie sabe los nombres de las cosas
Ahora no hay manera de presentir caminos
Es un derrame Son colores inéditos Es la forma de oler
Una imagen persistente y el mismo golpe que demanda
Todo lo que pide más
todo lo que se guarda en cavidades
una necesidad urgente de repasar cada momento Y todavía no
Es un aceite que hace ruido en las ampollas
Es un telón recién abierto El prólogo El teléfono que no El almanaque con la marca nueva
Ahora nadie se anima a dar un paso
Son los poros clavados en laa última presión La llegada que fue Ese primer acceso Una mezcla de tiempos Un desorden
Es la cara de asombro
la fruta sin cáscara
la médula que brota
el jugo que manchaa
Son las rutas empapadas con la lluvia La vieja sombra
Es lamer una dulzuraa capaz de robar todo el perfume de las horas
Y apretar así
Y que decante
Que tome su forma de algodones
de costumbre
de reloj
Ahora nadie quiere soltar nada de lo que quedó en las manos
Es la sensación de haber tragado luz Nadie determina que se apague Nadie asume riesgos
Ahora es una lenta digestión de dicha
Ahora la felicidad busca un lugar
y pide tiempo

"Ahora todavía no", en Desterrado Ángel de la guarda, Laura Massolo, 2010

martes, 23 de noviembre de 2010

psicología de enjambre, Macedonio Fernández

Una moral de Enjambre concluiría con todo el discrepar político y económico. Pero cómo nace la moral de enjambre. ¿Por una política (coerción) anterior?
Moral de enjambre llamo a la confusión de cada individuo con los demás del grupo. O sea, psicológicamente: cada individuo posee su propio psiquismo (sin aviso), y el de simpatía en participación.
Sólo cierta política podría llevar a tal moral, pero también podría ser resultado de un conjunto de casualidades o sincronismos: a fuerza de tener que obrar colectivamente para salvarse de peligros exteriores, se formaría esa sociología y psicología de enjambre. A las veinte veces que un grupo de obreros mueve a una sola voz un tirante, o rema, o tira de una soga, acaba por producirse un proceso de identificación que no se da en un grupo aleatorio, incidental.
¿Cuáles son las causas específicas de la convivencia de enjambre de abejas? ¿Por qué hay la pasión de enjambre en las abejas y no en los mosquitos, aunque las abejas están dotadas de armadura, de suerte que podrían vivir solitarias?
Quizá la obligación de luchar siempre en circunstancias en qe la acción individual es ineficaz, determinó reunión tan íntima: lo que no podía el pequeño poder ofensivo de una picadura para abatir un enemigo lo podín veinte picaduras, es decir la comunidad. Los muertos por enjambre de abejas lo dirían.
Las abejas sobreviven como especie que son porque la casualidad (accidental natural) hizo que en su psíquica, en sus impulsos activos se dio el impulso de atacar todas cuando ataca una, al mismo tiempo, al mismo enemigo; como un ataque individual es pobre en poderes, este tipo de animal no hubiera sobrevivido, ¿en ese tipo?, ¿habría sido otro tipo? Para que haya este impulso psíquico debe haber una particularidad neural o caso así en su fisiología. Cuál es, nunca lo sabremos; ni es necesario, útil, saberlo. Así como el mayor fisiólogo y todos los humanos no padecen nada por ignorar la cifra de millones de células de tal o cual cuerpo humano.
También una política, y una educación, podrían obtener este resultado: reemplazar esa caasualidad cósmica que hizo nacer el Enjambre por un plan pensado que conduzca al mismo efecto. El sistema de la policía es aplastar numéricamente al enemigo: uno contra cinco; la moral de enjambre tiende a hacer buenos a los niños, hacer que sientan el dolor ajeno lo mismo que el propio.
Nosotros los hombres somos biológicamente muy defectuosos; creo que muchos animales pueden vivir sin comer y sin respirar o practican sistemas de auto catalepsiarse o enquistarse cuando las circunstancias son desfavorables. Aquí, si nos desmayamos, corre un médico para sacarnos del desmayo, como si fuera un pozo sin fondo. En el box cae el boxeador y sólo se le da ventilación y, a lo sumo, una toalla húmeda. Si en este caso se acepta el auxilio exterior es porque participamos en un plan de colaboración porque es más barato; fisiológicamente, por ejemplo, si se nos atraganta un huesito: otro nos auxiliará más eficazmente por la dificultad que tenemos de ver nuestra propia garganta. Lo mismo en el caso de echarle agua al boxeador, pero no orque sea necesario "intervenir" ¿Grado de enjambre?

sábado, 6 de noviembre de 2010

Gloria, mucha, a la mañana que llega, Javier Adúriz

Esta grosería ancestral, no creas,
no es otra cosa que escenografía.
La maldición, el grito impertérrito,
los lugares bizarros: caños, aljibes,

molinetes de imposible equilibrio,
una burda puesta en escena. Mis
poderes reales son otros, no el susto
menor o la matraca en llamas.

No te confundas. Hasta donde se
y mi deformidad distorsionada
lo permite, la pasion literaria
malgasta toda verdad probada.

Entonces, a qué tu llanto, querida.
Vámonos con Pancho Villa, amor, otro circo
donde cualquiera nos tome de la mano.

"De labios del pitufo Enrique"



1

Cielito, pucha qué cielo
cielo amargo del país,
ojalá pudiera verte
como alguna vez te vi:

cielo, cielito y más cielo,
algo grande de vivir,
callecitas trabajadas,
campos para sonreír.

Es un témpaano de sombras
tantas penurias así;
adónde este sueño, adónde,
¡qué lejos estás de aquí!

2

Sueño, sueño, sueño, sueño
algo grande de sentir,
callecitas trabajadas
como alguna vez las vi:

cielo, cielito y más cielo,
algo noble de vivir;
callecitas de nosotros
campos para sonreír.

Sueño, sueñito y más sueño.
cielo dulce del país,
adónde esta tierra, adónde,
que pronto me iré de aquí.

3

Es un témpano de sombras
tantas penurias así:
adónde, este sueño, adónde,
qué lejos estás de aquí.

Cielito, pucha qué sueño.

"Cielito" (canción)



Arde la luna, arde igual que un garfio,
con cuanto filo que lastima el aire.
-Honor,honor al lago que tiembla
y es el modo de un sueño. Gloria
a ese violento dormitar de un pájaro.
Gloria mucha...a la mañana que llega.


Algo desata el nudo de las apariencias,
la entraña alta de las apariencias.
-No un nombre, no el camino,
no el santón de ojitos en la nuca.
Nada de lo que suceda en vano. Gloria...
a esta furia que cede con el sol naciendo.


"Canción del samurai"
Canción del samurai, 2004



Ayer a la tarde resolví convertirme en un peregrino del cielo y salir a caminar por los pasillos de dios. Principalmente porque llegó la hora del despojamiento. Me refiero a esa especie de afán de dar un paso y otro y otro, en busca de mis vagas certezas. De aahí también el hecho oportuno de elegir los ahijú como vehículo de la percepción. Me dije: cada verdad ocasional debe ser anotada en este cuaderno que me regalaron en el año sesenta y cinco, aunque los fragmentos vengan del silencio y no hallen más validez que la de su propio enunciado...Sí, maltrecho lector: seamos viajeros de la eternidad.

A cada paso
Vas hundiendo la piel
En otra carne

Esto es así, 2009

* Foto: macedonianos

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Fallo del VII Concurso Nacional Macedonio Fernández, Narrativa

Queridos amigos:

copio a continuación la nómina de los cinco textos elegidos por el jurado de Narrativa que integraron los escritores Silvia Camerotto, Carlos Pereiro y Roberto Ferro para el VII Concurso Nacional Macedonio Fernández, cuyo objetivo es colaborar con la difusión de la producción literaria de autores residentes en la República Argentina.
De esta selección -a cuyos autores se les entregará un diploma de reconocimiento, en fecha a designar, durante el mes de diciembre- se acordó en otorgar el premio único del concurso al texto publicado a continuación.

Recordamos que el Premio Macedonio Fernández consiste en la edición de 500 ejemplares del poemario ganador -de los cuales el Taller Macedonio Fernández se reserva cien para distribución gratuita en Bibliotecas, Centros Culturales y Talleres de lectura- y un incentivo en efectivo de tres mil pesos ($ 3.000), que serán entregados al ganador durante el acto de premiación, en el mes de diciembre.
Quiero agradecer especialmente a los médicos integrantes de la CODIC, Comisión de Docencia, Investigación y Cultura, Comisión directiva y Comisión de Información, Prensa y Relaciones Públicas del Círculo Médico de Lomas de Zamora, que apoyan este proyecto, institucional y económicamente, desde hace siete años, y sin el cual resultaría imposible mi gestión.

Gracias entonces a los miembros del Jurado Silvia Camerotto, Carlos Pereiro y Roberto Ferro, y a los Dres. Guillermo Brandt, Fernando Mendyrzycki, Carlos Decuzzi, Gustavo Martínez, Oscar Corrado, José Palombo y Adrián Balbín, y al señor Mauricio Galimberti, editor de lós libros ganadores.

Roxana Palacios


Nómina de textos seleccionados:

28: Emir, Un poco más lejos, Marcelo Brignole, M. del Plata, BA
36: Fulano Zutano, Oficios, Patricio Hernán Agüed, Lanús, BA
52: Pedro Luna, La intemperie, Gonzalo Javier Martínez Methol, La Plata, BA
54: Iribarren, El subsuelo y otros cuentos, Nicolás Barrasa, Santos Lugares, BA
59: Elzevir, La foto en la tercera página, Néstor Sebastián Chilano, M. del Plata, BA

Premio Macedonio Fernández de Narrativa 2010: La intemperie, de Gonzalo Javier Martínez Methol

Foto: Adúriz, Ferro, Pazos, Garland, Palacios. Feria del libro 2009

sábado, 30 de octubre de 2010

el celo es la envidia al revés, Roberto Arlt

Hay buenos muchachitos, con metejones de primera agua, que le amargan la vida a sus respectivas novias promoviendo tempestades de celos, que son realmente tormentas en vasos de agua, con lluvias de lágrimas y truenos de recriminaciones. Generalmente las mujeres son menos celosas que los hombres. Y si son inteligentes, aun cuando sean celosas, se cuidan muy bien de descubrir tal sentimiento, porque saben que la exposición de semejante debilidad las entrega atadas de pies y manos al fulano que les sorbió el seso. De cualquier manera; el sentimiento de los celos es digno de estudio, no por los disgustos que provoca, sino por lo que revela en cuanto a psicología individual.

Puede establecerse esta regla: Cuanto menos mujeres ha tratado un individuo, más celoso es. La novedad del sentimiento amoroso conturba, casi asusta, y trastorna la vida de un individuo poco acostumbrado a tales descargas y cargas de emoción. La mujer llega a constituir para este sujeto un fenómeno divino, exclusivo. Se imagina que la suma de felicidad que ella suscita en él, puede proporcionársela a otro hombre; y entonces Fulano se toma la cabeza, espantado al pensar que toda "su" felicidad, está depositada en esa mujer, igual que en un banco. Ahora bien, en tiempos de crisis, ustedes saben perfectamente que los señores y señoras que tienen depósitos en instituciones bancarias, se precipitan a retirar sus depósitos, poseídos de la locura del pánico. Algo igual ocurre en el celoso. Con la diferencia que él piensa que si su "banco" quiebra, no podrá depositar su felicidad ya en ninguna parte. Siempre ocurre esta catástrofe mental con los pequeños financieros sin cancha y los pequeños enamorados sin experiencia.

Frecuentemente, también, el hombre es celoso de la mujer cuyo mecanismo psicológico no conoce. Ahora bien: para conocer el mecanismo psicológico de la mujer, hay que tratar a muchas, y no elegir precisamente a las ingenuas para enamorarse, sino a las "vivas", las astutas y las desvergonzadas, porque ellas son fuente de enseñanzas maravillosas para un hombre sin experiencia, y le enseñan (involuntariamente, por supuesto) los mil resortes y engranajes de que "puede" componerse el alma femenina. (Conste que digo "de que puede componerse", no de que se compone.)

Los pequeños enamorados, como los pequeños financistas, tienen en su capital de amor una sensibilidad tan prodigiosa, que hay mujeres que se desesperan de encontrarse frente a un hombre a quien quieren, pero que les atormenta la vida con sus estupideces infundadas.

Los celos constituyen un sentimiento inferior, bajuno. El hombre, cela casi siempre a la mujer que no conoce, que no ha estudiado, y que casi siempre es superior intelectualmente a él. En síntesis, el celo es la envidia al revés.

Lo más grave en la demostración de los celos es que el individuo, involuntariamente, se pone a merced de la mujer. La mujer en ese caso, puede hacer de él lo que se le antoja. Lo maneja a su voluntad. El celo (miedo de que ella lo abandone o prefiera a otro) pone de manifiesto la débil naturaleza del celoso, su pasión extrema, y su falta de discernimiento. Y un hombre inteligente, jamás le demuestra celos a una mujer, ni cuando es celoso. Se guarda prudentemente sus sentimientos; y ese acto de voluntad repetido continuamente en las relaciones con el ser que ama, termina por colocarle en un plano superior al de ella, hasta que al llegar a determinado punto de control interior, el individuo "llega a saber que puede prescindir de esa mujer el día que ella no proceda con él como es debido".

A su vez la mujer, que es sagaz e intuitiva, termina por darse cuenta de que con una naturaleza tan sólidamente plantada no se puede jugar, y entonces las relaciones entre ambos sexos se desarrollan con una normalidad que raras veces deja algo que desear, o terminan para mejor tranquilidad de ambos.

Claro está que para saber ocultar diestramente los sentimientos subterráneos que nos sacuden, es menester un entrenamiento largo, una educación de práctica de la voluntad. Esta educación "práctica de la voluntad" es frecuentísima entre las mujeres. Todos los días nos encontramos con muchachas que han educado su voluntad y sus intereses de tal manera que envejecen a la espera de marido, en celibato rigurosamente mantenido. Se dicen: "Algún día llegará". Y en algunos casos llega, efectivamente, el individuo que se las llevará contento y bailando para el Registro Civil, que debía denominarse "Registro de la Propiedad Femenina".

Sólo las mujeres muy ignorantes y muy brutas son celosas. El resto, clase media, superior, por excepción alberga semejante sentimiento. Durante el noviazgo muchas mujeres aparentan ser celosas; algunas también lo son, efectivamente. Pero en aquellas que aparentan celos, descubrimos que el celo es un sentimiento cuya finalidad es demostrar amor intenso inexistente, hacia un_ bobalicón que sólo cree en el amor cuando el amor va acompañado de celos. Ciertamente, hay individuos que no creen en el afecto, si el cariño no va acompañado de comedietas vulgares, como son, en realidad, las que constituyen los celos, pues jamás resuelven nada serio.

Las señoras casadas, al cabo de media docena de años de matrimonio (algunas antes), pierden por completo los celos. Algunas, cuando barruntan que los esposos tienen aventurillas de géneros dudosos, dicen, en círculos de amigas: -Los hombres son como los chicos grandes. Hay que dejar que se distraigan. También una no los va a tener todo el día pegados a las faldas... Y los "chicos grandes" se divierten. Más aún, se olvidan de que un día fueron celosos... Pero este es tema para otra oportunidad.

"Causa y sinrazón de los celos", Aguafuertes porteñas, Roberto Arlt, 1958

Foto: Los amantes, René Magritte, 1928

jueves, 28 de octubre de 2010

claro, como el agua, por Roxana Palacios

Hace tiempo regreso, una y otra vez, a una grabación donde Cortázar camina por París mientras habla de los graffiti -esos fragmentos de arte popular superpuestos uno sobre otro como un mensaje a decodificar- y juega con el tiempo. Con la noción de tiempo, quiero decir. Dice algo así como que él está, en el presente, grabando algo que para nosotros será, al escuchar, el pasado, y que sin embargo para él, pertenece, ahora, al rango del futuro. Entonces pienso en el París de la derecha y de la izquierda, divididos tan sólo por una línea de agua dulce, y pienso en el Mar Dulce, que era sólo eso, agua, antes del bautismo de Solís.
Estamos atravesados por la cultura, con todo el progreso tecnológico, las fecundaciones asistidas, las ecografías 4D o la tecnología al servicio de las neurociencias; con la revolución informática y estas posibilidades de simultaneidad impensadas para nuestros padres; con todo lo que implica la velocidad: velocidad para el trabajo, velocidad para la diversión, velocidad para las relaciones; con lo nuevo, lo último, lo que envejece cada vez más pronto. Y uno no puede quedarse afuera, claro…el celular, por ejemplo, la computadora, parecen tan indispensables como el agua. Pero no.
Es raro, inicié esta nota pensando en los graffiti de París como una metáfora de mensaje atemporal: la historia de lo que se construye superpuesta con la historia de lo que se destruye. Eso dice Cortázar, que los graffiti son un poema anónimo de pegadores de carteles y poetas populares que se fueron superponiendo, de colores que se fueron mezclando y uno tiende a mirar el último por apurado, por no haber aprendido a caminar verdaderamente una ciudad.
Todo es distante y diferente y a la vez parece irreconciliable, dice, y yo pienso en un palimpsesto, un texto que fue borroneado por otro más nuevo, y otro, y otro más, pero que nunca dejó de existir allí debajo, como una huella erosionada pero indestructible.
Me decidí a observar detenidamente grafitos en la calle. Me sorprendió el cambio de ritmo y de tono de los últimos trazos. Más política y violencia, más guerra, menos ecología, pero también igualdad, hambre, libertades o derechos. Pocos días después de caminar mi experiencia, visitar diferentes rincones de la ciudad, ingresar en diversos sitios que convocan gente para diferentes actividades, entré en un jardín de infantes y un chico de pelo rojo me llevó al rincón de los graffiti. Me gustó lo que vi, palabras superpuestas escritas con semillas, con tintas naturales, con cortezas recogidas del suelo, unas sobre otras, como un palimpsesto. Logré leer algunos fragmentos de palabras o de frases y no me detuve en las de más arriba sino en tres palabras enteras por debajo de las otras, escritas con recortes de papel de diario: cuidemos el agua, así de claro.
Estamos atravesados por la cultura: tecnología, velocidad, inseguridad, manifestaciones de lo efímero, mega proyectos que se relacionan con abusos del pasado para enriquecer abusadores del presente y convertirse en la guerra del futuro.
Y el agua se termina.
El arte salva, pero únicamente allí donde es posible experimentar toda la fragilidad y la vulnerabilidad de la vida.
Sigo mirando grafitos, a ver si aprendo a leer los signos, como Cortázar, y a caminar verdaderamente la ciudad.

Foto: Infosur (megaminería)
Texto: Subjetividad del tiempo, Julio Cortázar

información didáctica en http://www.youtube.com/watch?v=ryfCWnDPc5U
http://www.youtube.com/watch?v=d-A662YtqOA

domingo, 24 de octubre de 2010

Fallo macedoniano: Poesía

Queridos amigos:

copio a continuación la nómina de los nueve textos elegidos por el jurado de Poesía que integraron los poetas María del Carmen Colombo, Jorge Boccanera y Javier Adúriz para el VII Concurso Nacional Macedonio Fernández, cuyo objetivo es colaborar con la difusión de la producción literaria de autores residentes en la República Argentina.
De esta selección entre lo poemarios participantes -a cuyos autores se les entregará un diploma de reconocimiento, en fecha a designar, durante el mes de diciembre- se seleccionaron dos textos finalistas que continuaron participando por el premio único del concurso.
El Premio Macedonio Fernández consiste en la edición de 500 ejemplares del poemario ganador -de los cuales el Taller Macedonio Fernández se reserva cien para distribución gratuita en Bibliotecas, Centros Culturales y Talleres de lectura- y un incentivo en efectivo de tres mil pesos ($ 3.000), que serán entregados al ganador durante el acto de premiación, en el mes de diciembre.
Quiero agradecer especialmente a los médicos integrantes de la CODIC, Comisión de Docencia, Investigación y Cultura, Comisión directiva y Comisión de Información, Prensa y Relaciones Públicas del Círculo Médico de Lomas de Zamora, que apoyan este proyecto, institucional y económicamente, desde hace siete años, y sin el cual resultaría imposible mi gestión.
Gracias entonces a los Dres. Guillermo Brandt, Fernando Mendyrzycki, Carlos Decuzzi, Gustavo Martínez, Oscar Corrado, José Palombo y Adrián Balbín, y al señor Mauricio Galimberti, editor de lós libros ganadores.


Nómina de textos seleccionados:

O3: La hija desierta, María del Carmen Sánchez, Vicente Lòpez, BA
11: La sal de la locura, Ariel Müller, Fredy Yezzed, Capital, Buenos Aires, Argentina
15: El abandono, Camille Claudel, Paula Inés Aramburu, Rosario, Santa Fe, Argentina
16: No hay zapatos en Babilonia, Nikola Tesla, Fabián Vique, Morón, Buenos Aires, Argentina
19: De dónde traigo tanta sed, Camil, Mariana Riera, Capital, Buenos Aires, Argentina
44: Mapas, mapas, Jan Anain, María de la Paz Garberoglio, CABA, Argentina
52: Revelaciones de otras criaturas, Kalpa Ko, Jorge Daniel Santkovsky, CABA, Argentina
66: Sitiados de ánimo, Heliotropo Sánchez, Alicia Márquez, Vicente López, Buenos Aires, Argentina
71: Epitafios sin garantías, Tucán Gabotero, Gustavo José Rodríguez, Rosario, Santa Fe, Argentina

Libros finalistas:

El abandono, de Paula Inés Aramburu

La sal de la locura, de Fredy Yezzed



Premio Nacional Macedonio Fernández 2010:

La sal de la locura, de Fredy Yezzed


mis felicitación a todos!!
Roxana Palacios

Foto: María del Carmen Colombo

miércoles, 20 de octubre de 2010

voy a darles un resumen publicable, Macedonio Fernández

A poco que se elogie la acción de un hombre le oiremos decir: "Mi descanso es pelear", o "Para dormir y reposar me sobrará tiempo en la muerte" Ya hubo quien lo dijo entre los hombres célebres. Embotamiento de sí mismo y cinismo, de todo hombre es la miseria y la derrota: el hombre que no las ve en sí, en su roto y golpeado curso individual, es un poco más ciego que los ciegos que somos todos, así sea un Julio César o un Newton. Honrado es el hombre del tranvía, el cliente que espera en la antesala de un estudio. Habiendo de esperar, reemplaza la espera por el sueño, que es el artículo de sustitución apropiadísimo y a su alcance: lo tiene y lo usa. Mi prójimo allí enfrente se ha quedado dormido en su silla. Se ha dicho: qué hacer del tiempo: dormirlo.
Cuando la vida sólo es tiempo, lo único absolutamente honesto, lo que haría un niño, debe hacerlo un hombre, un poeta, un genio: dormirlo.
Al azar me he traído dos libros: "Extractos de Schopenahuer"; otro: "Extractos de Goethe" Además de esa semejanza se trata de dos autores alemanes; los dos libros están en inglés; ambos de agradable aspecto, encuadernación inglesa y parecida y de parecido tamaño. Y comienzan con una biografía de Schopenahuer y de Goethe, en cuya última página trátase de los rasgos de sus últimas horas de vida. Aparece el "Mehr licht" de Goethe tan rememorado y tan tontamente fantaseado y que significa meramente que en sus ojos se refugiaba un último apetito fisiológico: el placer de la luz, apetencia universal zoológica, vegetal, quizá mineral.
El pobre hombre en todo hombre, como diría Schopenhauer, el pobre diablo que llora, se acobarda y se atonta en todos nosotros, el pobre diablo improgresable que no será reducido nunca a un cuantum disimulable por los supuestos progresos de la Inteligencia, se moría en el envase glorioso de un Schopenahuer o un Goethe; había durado tanto como ellos, había sido el dueño de casa en ellos y tenía la última palabra: pedía luz, aplausos, cualquier cosa. Pedía para sí, para Schopenhauer, para Goethe: pedía, mendigaba. El que pide para otro no mendiga. Una madre, un padre como hay tantos que no han escrito, que no han inventado nada más que el altruísmo y la modestia, pediría para su hijo, para su esposo, porque hay humanos sin pobre diablo.
En el pedir para sí y en el obrar para sí intelectual o muscularmente, no hay ética ni estética. Sólo el altruísmo es ética y es belleza. Y es felicidad.

Todo Tú, 1929
Imagen: http://www.elortiba.org/macedonio.html